Del horror al arte: historia y memoria del Muro de Berlín

Puerta de Brandenburgo en Berlín

En las proximidades de la fría medianoche del día 9 de noviembre de 1989, ante una multitud, caía el Muro de Berlín. Su colapso ponía punto y final a 28 años, dos meses y 27 días de separación. De Berlín. De Alemania. Del mundo dividido entre este y oeste. De una guerra que, durante décadas, demostró que no se necesita el calor de la batalla para mantener las posiciones enfrentadas.

Esta que sigue es una historia de división, pero también de unión. Un cuento de invierno sobre el corazón de Europa. Sobre reencuentros. Sobre como convertir el horror en memoria, reconstruir una historia común a través de la unidad y expiar heridas a través del arte. Es la historia de la caída de la última gran frontera europea.

UN MAL SUEÑO DE VERANO

Os contaré la historia de un muro que nació como un mal sueño de una noche de verano.

Había una vez, al término de la II Guerra Mundial, un país llamado Alemania, que quedó dividido entre los contendientes de aquella batalla. Su capital, Berlin, quedó también partida en cuatro sectores: soviético, por un lado, y estadounidense, francés e inglés, por otro.

Las malas relaciones entre el bloque comunista y los aliados de esta historia fueron separando cada vez más las posiciones, una situación de la que, con el tiempo, surgieron dos monedas, dos sistemas económicos, dos organizaciones políticas y, como conclusión, dos ciudades.

En un tiempo muy lejano, los tres sectores occidentales de aquella ciudad llamada Berlin pasaron a integrarse en la República Federal Alemana (RFA), y el sector soviético lo hizo en la República Democrática Alemana (RDA). Berlín quedó así dividida en dos ciudades, conectadas por 81 puntos de paso.

UN ÉXODO SILENCIOSO

La floreciente economía de la parte occidental de la ciudad durante los años siguientes, en comparación con el declive soviético, llevó a Berlin oriental a perder tres millones de personas en poco más de 10 años. La pérdida de población alertó entonces a los que gobernaban aquella Alemania oriental, que idearon un plan para impedir que sus moradores se exiliasen.

El Muro de Berlín nació como un mal sueño de una noche de verano, la del 12 de agosto de 1961. De la noche a la mañana, la RDA levantó un muro provisional y una alambrada de 155 kilómetros entre Berlín este y Berlín oeste, cerrando 69 de los pasos de control entre las dos ciudades que un día habían sido una, interrumpiendo el tráfico, las construcciones y la vida de aquella urbe con el inicio de la mañana siguiente.

Durante 10.316 días, los que transcurrieron desde el 13 de agosto de 1961 hasta el 9 de noviembre de 1989, el Muro de Berlín dividió familias y proyectos en nombre de una guerra sin batalla que libraron combatientes ajenos. Convirtió a millones de ciudadanos en prisioneros de una cárcel a cielo abierto.

DOS PAREDES Y UNA FRANJA DE LA MUERTE

Como todas las historias, esta también tiene un desarrollo. Ese muro que comenzó siendo una alambrada se convirtió después en una pared de ladrillos y terminó volviéndose, en poco tiempo, un parapeto de hormigón que superaba los 3,5 metros de altura. Dos paredes, una por cada frontera, con una superficie semiesférica en la parte superior que impedía que nadie se encaramase a ella.

Entre las dos partes, enfrentadas, se situó una tierra de nadie que se dio en llamar la ‘Franja de la Muerte’, un espacio entre muros en el que, como en un castillo, se construyó un foso, se instalaron sistemas de alarma y, en vez de un dragón, se colocaron torres de vigilancia y patrullas que las 24 horas del día comprobaban que los habitantes no cruzasen. A pesar del riesgo, entre 1961 y 1989, más de 5.000 personas trataron de cruzar esta frontera. Más de 3.000 fueron detenidas. Algo más de 100 murieron en el intento.

El nombre que inauguró esa lista negra de los que perdieron la vida intentando cruzar el muro fue el de Peter Fechter.

Cuando se cumplía poco más de un año de su levantamiento, un obrero de solo 18 años ideó un plan para atravesar la gran frontera entre Berlín este, donde residía, y oeste. Para escapar de la enorme cárcel a cielo abierto.

Tras esconderse en un taller de carpintería cerca de la valla, para observar el movimiento de los guardias que lo vigilaban, Peter saltó desde una ventana y corrió a través de la ‘franja de la muerte’ hasta las proximidades del Checkpoint Charlie, desde donde debía acceder al distrito occidental de Kreuzberg.

Sin embargo, esta travesía de solo unos metros se convirtió, trágicamente, en un punto de no retorno para el joven Fechter y erigió su imagen en una de las más icónicas de las casi tres décadas de separación de Berlin.

Mientras intentaba escalar el muro occidental, los guardias del este berlinés del que huía, le dispararon. La herida no fue mortal, pero impidió al protagonista de esta historia cumplir su objetivo de escalar por sus propios medios el muro.

La Guerra Fría que había levantado el propio Muro de Berlin, fue fría también para las peticiones de auxilio de Peter Fechter, que permaneció solo y prácticamente sin ayuda, herido de muerte, en la franja entre ambas vallas, ante la mirada de numerosos testigos y guardias que no llegaron nunca a dar el paso hacia esa zona de no agresión que se había instalado entre este y oeste, ni siquiera para ayudar a casi un niño.

Tras casi una hora de agonía, ante la mirada muda de las dos partes del conflicto, Peter Fechter murió, y se convirtió con su muerte en un icono de la deshumanización y crueldad de las divisiones y de las guerras, incluso de aquellas que se producen sin batalla.

Peter Fechter en el centro

No desesperéis. Esta historia también tiene un final, y está cerca. El principio del fin de la última gran frontera europea comenzó en otro lugar. En otro país. La apertura de fronteras entre Austria y Hungría en mayo de 1989 provocó que aquellos alemanes orientales que deseaban exiliarse al oeste viajasen a Hungría para pedir asilo en las embajadas de la RFA. Las manifestaciones no se hicieron esperar y, la presión, obligó a los gobernantes de la RDA a afirmar que permitirían el paso al oeste.

UNA NOCHE DE OTOÑO

El hecho desencadenante, como todas las buenas historias, fue una confusión fruto del momento. El portavoz del gobierno oriental, con la intención de calmar los ánimos, informó públicamente de la norma que permitiría salir del país sin requisitos. Sin embargo, y aunque en plan era a largo plazo, al preguntarle acerca de cuándo entraría en vigor la medida, el representante del gobierno no encontró escrita la respuesta y contestó que ‘de inmediato’. Era 9 de noviembre de 1989. Y los berlineses obedecieron.

El muro que había nacido en una noche de verano, cayó ante los ojos de la humanidad en una noche de otoño, convirtiendo otra vez en una aquella ciudad que fue obligada a ser dos. Las manos para derribarlo, que no habían intervenido para levantarlo, llegaron desde los dos lados y los berlineses no volvieron a necesitar nunca más un punto cardinal que los definiese.

Como epígrafe, valga una instantánea. Tal vez la imagen más conocida de aquella noche que rompió la frontera es la de una multitud de berlineses de ambas orillas celebrando de pie sobre el muro su reencuentro, bajo la atenta mirada de la Puerta de Brandenburgo, atrapada hasta entonces en la franja de la muerte y hoy corazón de Berlin, a sus espaldas.

Foto descargada en Flickr
MÚSICA FRENTE AL HORROR

De la mano de la transición social y política, la caída del Muro de Berlín requirió, además, de elementos comunes de cohesión para crear una comunidad única, una vía que, como es habitual, ocupó la música y el arte como bálsamo tras la confrontación.

Y este proceso se inició precisamente donde había comenzado la caída, bajo la mirada de la Puerta de Brandenburgo. Ocho meses después de la caída del muro, en julio de 1990, Roger Waters, líder de Pink Floyd, llevó la música al espacio en el que una vez solo existió muerte y silencio.

La ‘franja de la muerte’ entre Postdamer Platz y la Puerta de Brandenburgo fue el escenario elegido para un icónico concierto en que Waters, acompañado de otros numerosos artistas, lanzó un canto a la libertad y a la unificación alemana.

De hecho, The Wall – Live in Berlin, fue el primer evento cultural que sirvió, ante miles de testigos, para unir y reconciliar a las dos partes de Berlín, separadas durante casi tres décadas, a través de la música.

La escenografía de este evento representó, precisamente, un muro que, al final del espectáculo, caía ante todos los presentes.

La música recogió, no obstante, el espíritu de la caída del Muro de Berlín desde distintos ángulos. El grupo alemán Nena, con ’99 luftballoon’, The Sex Pistols, con ‘Holiday in the sun’, Lou Reed y ‘Berlin’ o Scorpions y ‘Wind of Change’ fueron algunas de las canciones inspiradas tanto en el Muro de Berlín como en su caída, una historia de separación y superación que también llegó a la música española de la mano de Nino Bravo y ‘Libre’.

DEL HORROR AL ARTE

Además de la música, también el arte sirvió para derribar definitivamente las paredes. En el distrito de Friedrichshain-Kreuzberg, concretamente en Mühlenstraße, el muro de la división floreció en forma de la galería de arte al aire libre más grande del mundo.

Se trata del tramo continuo más largo de esta construcción que todavía queda actualmente en pie, algo más de 1,3 kilómetros de la cara este del muro que discurren a orillas del río Spree y que se conservaron precisamente con el objetivo de transformar el horror en arte.

Enmarcado en un entorno verde, las planchas de hormigón que un día dividieron Berlin acogen hoy en día más de 100 murales pintados por artistas de distintas partes del mundo que muestran sus propias visiones de la libertad, la paz y la euforia reinante tras la caída del muro.

Entre las numerosas obras, la mayor parte llenas de color, que miran al lugar en el que estuvo la división y la ‘franja de la muerte’, destacan algunas mundialmente conocidas, como aquella que representa al líder ruso Leonid Brezhnev besando al líder de la RDA Erich Honecker o la representación de un Trabant, vehículo utilizado en la Alemania oriental, atravesando el muro.

La historia del Muro de Berlin es una historia de tristeza que evolucionó a alegría, de separación y unión, de horror y arte, que deja grandes enseñanzas y un final feliz.

Si quieres disfrutar más del muro de Berlín cuando viajes a la capital alemana, recomiendo hacer la ruta que Buendía Tours realiza siguiendo la historia y las anécdotas de este enclave mientras recorres lugares claves del muro.

1 Comment

  1. Qué bueno Rubén, me ha gustado mucho el relato. Enhorabuena y gracias por acercarnos la historia de Peter Fechter. Lástima que el mundo no haya aprendido nada y siga levantando muros.
    ¡Un saludo!

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